El escape más dulce

La estufa tiene sus parrillas atestadas de cacerolas, los ríos de leche escurren de una de ellas, el comal exhala humo como un volcán enfurecido, humo que ha formado nubes, pero a él eso no le importa porque hace tiempo el mundo se detuvo, justo en el momento en que cayó en la cuenta de que la cocina no es un buen escondite; las galletas de mantequilla son una deficiente guarida; el comal exhala humo de forma tal que su atrofiada cabeza es incapaz de encontrar una respuesta, un plan de escape, y él se hunde igualito que se sumerge una fresa en el foundé de chocolate. El comal exhala humo, humo que queda atrapado en el espacio porque las ventanas están cerradas, pues él prefiere la asfixia ante una estancia en el psiquiátrico; quiere absorber todo ese humo o inyectarse cianuro con la misma valentía con que un pan se deja inyectar ron a sabiendas de que ese será el sabor de su muerte. Nunca pensó que una mera distracción lo fuera a custodiar hasta el fango del fracaso en donde reina el olor a caño.

Su mente empezó a perder el rumbo desde los cinco años. Para Enrique, los niños del preescolar tenían en las pupilas demasiada malicia o por lo menos eso era lo que él creía, así que comenzó a inventar algún ingenioso juego que le proyectó un amigo imaginario valiente, leal; era todo lo que él siempre había soñado y lo que nadie podía ofrecerle. A nadie le pareció extraño, tener ideas delirantes a esa edad es resultado de los cuentos y del afán por querer escapar de algo que aun no conocemos. Sin embargo, sin que nadie lo supiera y en silencio, Carlo lo seguía acompañando, antes de ir a la cama para dictarle los sueños en el espejo, para infundirle autoestima. Durante su juventud estuvo ahí y lo guió por el tortuoso camino de la introspección.

Enrique sentía que a Carlo le debía su pasión por el periodismo, el éxito en este rubro, su coche ultimo modelo, su novia que estuvo aun milímetro de ser Miss. Universo, su buen gusto para vestir, su ímpetu… en fin hasta el diseño de su rúbrica. Fue por eso que Enrique no puso en duda lo que una mañana Carlo le gritó:

–¡Levántate ya!- Mientras, atravesaba el umbral de la habitación mirando a Enrique con sus enormes ojos azules –He oído que en la oficina te tienen una sorpresa, no olvides lo que siempre te he dicho: “la gente buena no existe” , dicen que te quieren ascender.

–Eso es fantástico, es lo que siempre hemos querido, es por lo que tanto hemos trabajado.

–No deberías estar tan feliz, recuerda que entre más alto esté más visible a los demás te vuelves y todos te observarán con sus ojos y todos te sonreirán con sus labios, pero todos te pueden apuñalar con sus manos. No intimes con nadie, a nadie le cuentes qué tan contento estas para que así nadie sepa lo mucho que te dolería perderlo todo.

Enrique acudió a su distinguida ceremonia y aceptó el puesto mostrándose de cuando en cuando honrado con lo que los directivos decían de él; dio su discurso con una sutil sonrisa y posó para las fotos sin rozar al de al lado para que no fuera a pensar que era su amigo. Llevó sus pertenencias a su nueva oficina y reservó un reposet para su invitado de honor; se sentía tan elegante que si alguien le hubiera preguntado con que bebida se identificaba, hubiera contestado sin chistar: “champaña”. Su vida había adquirido lo suculento de un dátil. Todo era bueno, estaba listo para gozar del tiempo y de lo que la suerte le otorgara.

Hasta que Carlo apareció el día menos esperado y con noticias fatales:

–Ellos murmuran sobre ti, te comparan, dicen que no cumples con sus expectativas–, dijo mostrándose inquieto y caminando de un lado para otro.

–Eso es normal porque aún no terminan de acoplarse a mi ritmo; además, yo tengo que acercarme y cuestionarlos acerca de sus metas y de qué esperan de mí–, argumentó Enrique con tranquilidad.

–Ah, claro se me olvidaba que eres un imbécil idealista. ¿No te das cuenta de que si te acercas a ellos creerán que eres débil y terminarán por desollarte al igual que una naranja, se comerán tu carne como lo hacen las aves de rapiña y beberán tu sangre en tu cráneo partido por mitad para después usar tus tendones como palillos? –, pregunto Carlo con la cara roja y las venas del cuello a punto de estallar.

–Eso no es verdad, lo que pasa es que estás celoso, pues ya no me encuentro solo y poco a poco he dejado de necesitarte–, contesto Enrique dando vueltas en su silla.

–Puede ser, eres todo un niño grande; si no me crees es tu decisión, esta noche voy a presentarte a alguien que nunca se equivoca, así que ve a casa y prepara una cena especial–, advirtió Carlo mientras avanzaba hacia la puerta.

Se dirigió a su apartamento; mientras conducía, no podía dejar de pensar en la estructura del menú. Cuando llegó, la idea estaba ahí, clara, esperándole. Así que comenzó a hurgar en el refrigerador en busca de jitomates, lechugas, peras, fresas, salami, crema, leche, huevos y yogurt natural; volteó de cabeza al especiero para hallar el orégano, el ajo, la sal, la pimienta, la nuez, los clavos, el azúcar morena, el jengibre y el jerez. Los jitomates, a hervir hasta tener la piel desprendida de sí; la cebolla y el ajo, a la sartén; todo a la licuadora y la sopa, lista, mientras las fresas y las lechugas le decían “adiós” a los microorganismos que un día las habitaron. Entre tanto, Enrique cubría la superficie de una charola con el queso y las nueces; la pasta sucumbía a los 180 grados que marcaba el horno; el té negro, la canela, el azúcar morena, el jengibre y la vainilla se ahogaban en un litro y medio de agua para dar origen al té Chai.

Todo estaba listo: la mesa con las servilletas y cubiertos en sus respectivos lugares; el candelabro, al centro. Enrique, perfumado y con uno de sus mejores trajes, vio a Carlo entrar con un invitado que provocó que le sudaran las manos, le titubearan las rodillas y se preguntara si su cena “especial” no sería más que una merienda para Nostradamus.

A Enrique le hacia falta valentía para siquiera pensar en rebatir lo que su comensal pronosticó – “De la tinieblas surgirán demonios con grandes bocas listas para devorarte poco a poco”– ante la insistencia de Carlo y su afán por demostrar que se había quedado corto en su advertencia.

Al finalizar la cena, Enrique se fue a la cama para intentar dejar de oír el eco del profeta, pero era imposible; el tiempo estaba detenido, sus ojos estaban perdidos en lo oscuro del techo y sus pensamientos se reducían a uno solo: evaporarse. Antes de que nada sucediera, antes de que nada surgiera de ningún lugar.

Apenas se asomaba el alba por la ventana y él ya estaba sentado en la cocina tomando chocolate y un tazón de avena almendrada. Bebía y comía por inercia, no se decía ni una palabra a sí mismo, nada estaba bien o mal, nada era importante.

Y Carlo apareció con su voz penetrante y su mirada calcinante:

–Anoche me dijo que si publicas lo que te voy a dictar todos te verán como un verdadero héroe, te convertirán en un salvador moderno y todo será paz y armonía.

–¿En verdad? –, pregunto Enrique con los ojos llenos de esperanza.

–Sí, yo nunca te he mentido…

Enrique llego sin aliento a la oficina de redacción del periódico y entregó a la jefa la nota que decía: “La luna oscurecida en profundas tinieblas, su hermano (el sol), pasará a estar lleno de color ferruginoso, el grande oculto largo tiempo bajo las tinieblas entibiará hierro en la presa sanguinolenta”.

–Licenciado, ¿me puede explicar qué es esto?–, dijo la mujer, desconcertada.

–Es una profecía de Nostradamus que hace referencia a la venida del gigantesco “Hercólubus” que variará el eje de la Tierra y será el detonador final de esta raza.

–Sí, pero, ¿por qué quiere que lo publiquemos? ¿Qué pretende?

–Que el mundo se salve.

–¿Cómo? –, pregunto la chica molesta por tratar de subestimarla.

–Sí, anoche cené con Nostradamus y les fascinó mi ensalada de fresas y peras con vinagreta de balsámico y esta mañana me mandó decir con un amigo que tenía que publicar esto si no quería que los demonios vinieran por mí–, contestó Enrique con absoluta seguridad.

–¿Qué clase de amigo? –, cuestiono la redactora con preocupación.

–¡Eso a usted no le importa! ¿Desde cuando yo tengo que rendirle cuentas de mi vida privada? –, respondió Enrique.

–Desde que me percaté de que usted necesita atención profesional.

La sangre de Enrique se agolpó en su cabeza y luego descendió hasta sus pies, su rostro palideció, y salio de la oficina, primero dando pasos pequeños como si nada sucediera, pero podía percibir el estruendo del murmullo así que comenzó a caminar más rápido dejando tras de sí la muralla de risas burlonas; su corazón latía desbocado como si con bombear hasta estallar se liberara de todo.

Y ahora la luz se cuela sin reservas por las ventanas que están encima de los pretiles de brillante azulejo blanco. Hacia la izquierda descansa en ellos la licuadora, el microondas y un diminuto horno; en el centro se encuentra el fregador hasta el tope de platos de porcelana; a su lado, el fiel escurridor, a la espera de albergar algún trasto; por la derecha, se pueden observar la batidora, un revoltijo de cucharas y tazas de medición llenas de azúcar y harina cuyas bolsas han volado en todas direcciones; el pequeño refractario embadurnado de mantequilla, la estufa al final de esta sección con sus parillas atestadas de cacerolas, ríos de leche que escurren de una de ellas; el comal de cincuenta centímetros de largo y veinte de ancho exhala humo, humo que ha formado nubes como las que fabrica una locomotora cuando sabe que se dirige a toda velocidad hacia un abismo en donde la petrificará un frío invernal.

 | siguiente | regresar |