| Sara Se encuentra sentada en la barra, completamente sola. Su cabello oscuro y lacio cae sobre la suave y blanca piel de sus hombros desnudos. Los dedos, como garras, sostienen un trago seco como sus labios desérticos, servido en una copa de formas no menos frías y puntiagudas que las perfectas facciones de la mujer. Hace un calor sofocante en aquel pequeño lugar, apenas un cubo de concreto. Se baila en la pista una especie de danza ritual ensordecedora. Son sus súbditos, los peones de una reina terrible y majestuosa, a quienes observa desde su trono con un cetro etílico en su mano derecha. Su beldad casi lúgubre no le basta para dejar la soledad de su trono. Carga consigo un ovillo de sueños rotos que no puede sino hacer germinar una nueva semilla podrida. Parece esperar quizá a que se termine el día o esperanzada en que el alcohol arrebate de sus manos la odiosa conciencia de ser. Desea mimetizarse en alguien más, como lo desean sólo los recalcitrantes seres humanos ; no puede deshacerse de su coraza, ésta se extiende ya en un arma y ha olvidado cómo apartársela de sí y dejarse llevar por el viento del tiempo y de la vida: aún desea volar, ser vulnerable y quedar expuesta por un breve instante. Nada cambia en el panorama hasta que un hombre la observa y le sonríe. Aunque sus ojos no lo miran más que de soslayo, ella ya le ha visto. Él se le acerca con paso casi desafiante, con el signo de Caín en su frente, con una odiosa distinción que causa temor en los corazones débiles con ojos que no son de este mundo, capaces de hacer caer aún a una reina. Pero Sara no pierde su temple. Respira profundo y deja la copa sobre la barra. Lo ve venir y desvía la mirada, lentamente, sin parpadear siquiera. Mira con tristeza un punto perdido. Humedece sus labios con un movimiento discreto y los entreabre, mientras toda su piel lo siente cada vez más cerca. Cuando ha llegado a su lado, le susurra sin voltearlo a ver: Ten miedo de mí. Él sonríe nuevamente, más confiado que nunca. Ella se levanta de su asiento sin darle jamás la cara, con el corazón latiendo caprichosamente, casi a traspiés; separa un poco más los labios, mientras aprieta la mandíbula en un gesto invisible; acaricia la barra al bajar la mano, en un movimiento afectado, pero preciso y camina sin con calma hacia la salida sin reparar en él. Si yo soy un demonio replica él, y en verdad hay algo demoníaco en su voz. Su arrojo le ha valido un vistazo en el abismo de esos ojos negros que llorarían de tristeza de no ser piedras. Ella sonríe, sólo un segundo, por primera vez aquella noche. Luego, sigue su camino hacia la salida con paso ligero, cargando con ella la pesadez de su sombra. Al salir, se encuentra con su rival brillando en el firmamento, la madre del sueño y de la muerte. No puede escuchar nada, pues le aturden un millón de pensamientos, de deseos. Siente en su pecho la opresión de una pizca de esperanza que quiere hacerle volver, y ríos de temor de quedar de nuevo malherida. Levanta la mano, no tardó en llegar su carroza. Entra en el vehículo y da su dirección. Antes de partir, voltea a ver la puerta por donde había salido, buscándolo a él, esperándolo transformado, vaporoso e inocuo como en un sueño. Llega a su edificio y toma el ascensor hasta el último piso. Unos pocos pasos más la llevan hasta su puerta, donde inserta la llave en la cerradura abriéndola con movimientos acompasados. Apenas cierra la puerta detrás de sí, apoya su espalda en ésta y suspira. “Un demonio”, sigue pensando mientras observa su departamento frío y desolado, y se deja caer lentamente hasta el suelo que ella misma había elegido para su guarida. Es su trabajo el crear esos espacios, esos gigantescos nidos de concreto y arena que nos resguardan de todo; arrastrarlos de la mente al papel, y del papel a la realidad. ¿Sería en realidad un demonio? Un ángel al fin y al cabo, exiliado del edén, pero no por eso menos hermoso, como aquél que la hizo añicos tiempo atrás con el filo helado de un ¿por qué pensaste que te amaba? Ahora duerme, descansando sólo superficialmente, profundamente inquieta, moviéndose de lado a lado en su cama con el vaivén de las horas. Espera la llegada del día, el sol que renace el símbolo de Jepri: la dulce y ponzoñosa condena de vivir un día más. |
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