Nabuco

–Abre tus alas mariposa, ábrelas para mí que deseo posarme en tus entrañas–. Nabuco habla extasiado mientras abre las piernas de su amada. La amada en turno de esa noche.

–Lo haré con cuidado preciosa, no quiero que se corra tu maquillaje, limítate a sonreír, y mirarme–. Besa sus muslos, su vientre, y la cruz de su pecho mientras desparrama su regordete cuerpo sobre el de ella; la grasienta piel de Nabuco la engulle. Los labios de ella emiten un sonido ronco.

–Cierra la boca querida, no querrás que los invitados a tu fiesta crean que eres una maleducada–. Sujeta su boca con un gesto varonil, acaricia su mejilla y la besa en los labios con ternura, tanta como le permiten sus jadeos entrecortados.

–Se que lo disfrutas amor, yo también lo disfruto–. Recupera el aliento, la besa y se levanta con cuidado. Sin perderla de vista, se viste arreglándose meticulosamente; el silencio de ella es su única respuesta.

–Eres una flor en abril, señorita mía, senos pequeños, caderas firmes, piel limpia y rosada; de mis favoritas–. Toma una cámara de su escritorio y comienza a capturarla en los rollos de la reflex. Satisfecho la guarda en un cajón.

–No hagas esperar más a tus invitados, pequeña, les avisaré que en unos momentos estarás con ellos–. Nabuco se acomoda el saco, plancha su corbata, la besa en la frente y, poco antes de salir de la habitación, cubre el cuerpo con una sábana blanca.

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