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Las palabras son
criaturas fabulosas.
Unas son pequeños duendes
que brincan, manchan las hojas, salpican de tinta y felicidad
nuestra imaginación. A esas palabras hay que dejarlas
jugar a la pelota con los puntos de la íes, tropezarse
con las comas, morirse de risa con la cara seria de las mayúsculas.
Otras palabras, en cambio, son señoras gordas y aburridas;
a esas hay que ponerles punto final. Algunas palabras son pájaros
amarillos: hay que dejarlas volar, pero antes asegurarnos de
que nos lleven en sus alas. Otras son peces de plata en el estanque
de los sueños; a esas no podemos pescarlas, pero debemos
escuchar la tonadita que dejan sus reflejos. Hay palabras que
francamente dan ganas de apachurrar, como la palabra tarea
y otras, en cambio, que nos encantan porque son ligeras y traviesas,
como la palabra fantasma.
Escribir historias y poemas es jugar con las palabras, hacerse
amigo de ellas, convertirlas en un barco de papel y subirnos
en él a navegar, o soltarlas como un papalote para llegar
al cielo. Hacer cuentos es dejar que el corazón se abra
como un cofre escondido durante muchos años para que de
él salgan burbujas, mariposas, pesadillas, rayos de sol.
Y es, también, convertir al mundo en ese libro mágico
que todos queremos habitar.
Carmen Villoro |

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