| Aguador Sábado por la mañana. Luis se levantó con resaca. Tenía la cara hinchada. No era por tanta cerveza que había tomado la noche anterior. No. Le habían roto la cara. Recordó que era casi de la misma forma en que su padre solía hacerlo con su madre cuando tenía… bueno, prácticamente, toda su infancia. Se miró en el espejo. Abrió la boca. Tenía la marca de los braquets en toda la parte interior del labio y no hizo gesto alguno. Oh Dios, pasaría por esto todas las noches solo si cada noche encontrara una mujer como la de ayer, lástima que venía acompañada, ¿Por qué todas están acompañadas? ¿Por qué nunca me fijo en eso? Se lavó lo poco que pudo de la cara. Los dientes. Hizo gestos. Se puso desodorante, sus botas de hule, el pantalón azul y la camisa blanca con rayas del feo y desgastado uniforme. Quisiera unos chilaquiles. Salió de casa. Llevaba una sonrisa de oreja a oreja. Estaba listo para gritar vulgaridades. Comenzó a subir por la calle. Le dolían las piernas y cada paso que daba lo sentía desde la punta hasta cada una de las costillas rebotando finalmente en la cabeza. Fue casi un martirio. Justo pasaba junto a una iglesia cuando vio hacia el interior y pensó que a Jesús le había ido mucho mejor. Solo lo torturaron un día y después lo glorificaron por toda la eternidad. Él no tenía que cargar garrafones todos los días para poder comprar cerveza. Tenía el poder de convertir el agua en vino. Habría sido un buen amigo de parranda en estos días antes de la quincena. Subió al camión. No había asientos vacíos. En ocasiones eso era bueno porque aprovechaba para ver los escotes de las mujeres. Hoy hubiera preferido sentarse. Al fin se bajó del camión. Pasó por una farmacia. Compró dos sedalmerck y una coca-cola. “Vive el lado coca-cola de la vida”. Leyó. ¡Puta!, hoy sería el lado oscuro de la vida. Cuando llegó al trabajo le pidió a uno de los chóferes que lo reemplazara por ese día. Claro, solo que ten cuidado porque los frenos casi no sirven. Desde arriba del camión todo tenía una mejor perspectiva, incluso ahora no era necesario gritar obscenidades ya que podía usar el claxon a su antojo y además tenía un altavoz a la mano. Se sentía como un predicador y predicaba su propio evangelio. ¡Adiós, mamacita! ¡Esa de rojo! ¡Quiero! Las ideas y sus hermosas frases caían como la lluvia y no perdonaban a nadie. ¡Qué curvas y yo sin frenos! ¡Qué curvas y yo sin frenos! Quizá fue su frase favorita ¡Qué curvas y yo sin frenos! Incluso, a más de algún maricón le llegó a gritar. Terminó el día y pensó en renunciar para conseguir trabajo como anunciador en un bule, pero luego dijo. No. ¿Dónde estaría la variedad? Le pagaron su quincena y se fue a su casa. ZAP ZAP ZAP Glup, glup, glup ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Cuando tenía tres años ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Cuando tenía cuatro años ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Cuando tenía cinco años ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Cuando tenía seis años ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! A los siete, a los ocho, a los nueve, a los diez ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Porque no tenía limpios los zapatos Glup, glup, glup. Fffffffffp, Pluuufffffffff Ya me tenía harta, siempre me observaba. ¡ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Por ensuciarme las manos Por tocar los animales Por cualquier cosa Siempre me espiaba la muy perra. Glup, glup ¡Siempre ZAP! ¡ZAP! ¡ZAP! Y cumplí 20, cumplí 30, cumplí 40 Y me cansé ¡ZAP! ¡ZAP! ¡¡¡JA JA JA JA JA JA JA JA!!! ¿Ahora como vas a espiar? Y entonces los escondí Glup glup glup ¿Crees que soy una mala persona? Es que los dejé en el sótano Se lo merecía, ¿no? Yo, el libro y la gorda Me habían prestado el libro por tres semanas. Después de dos semanas lo había leído por completo. Obviamente, fue todo lo que esperaba y mucho más. Quería leerlo de nuevo y como aún tenía otra semana para regresarlo, decidí hacerlo. Sabía que no tendría tiempo suficiente y que quizá no lograría finalizar, pero no me importó. Esta vez tardé tres semanas. Suma un total de cinco semanas que ya tenía con el libro. Pero eso no es lo malo: me quedó un sabor amargo en la boca debido a que la lectura no fue tan buena como la primera vez. Sentí esa amargura durante el día: desde que desperté, desayuné, fui a la escuela, regresé a casa… Parecía que todo el resto del día iría mal, probablemente también la semana, pero luego pensé: Quizá el libro tiene la culpa; prefiero que otro se amargue. Sonreí. Fui a la librería para regresar el libro. Allá estaba la gorda. Le devolví el libro. Como el tiempo del préstamo había concluido, ella se molestó. Miré como su cara se ponía roja. Junto con ello, vi la oportunidad de amargar la vida de alguien más. Quizá el libro ya no importaba. Le pedí amablemente que buscara algunos libros. Yo los hojeaba y los dejaba sobre la mesita. Luego iba a pedir más libros y hacía lo mismo: hojear y mesita. Fue tan dulce ver que la gorda se amargaba… es como si cada gramo de su panza y de sus brazos y de sus piernas y de su cara fea de ¡TODA! ella, me hiciera la promesa de que algún día se convertiría en una pesada bola de arrugas. Desde entonces, cuando tengo un mal día voy a la biblioteca. Había quien quería Lo único seguro esa noche que solo quería cerveza, no sabía si llegaría a besarla también quería besarla porque sabía que querría abrazarla no quería verla a ella, pero esa noche quería cerveza. Él la quería como era ella lo besó porque quería. Él no tuvo la culpa. Y por eso había ponchado dos llantas del carro porque lo había besado. Y por eso se había enojado, pero eso implicaba muchas cosas lo había besado porque quería y porque lo quería se había enojado porque lo había besado. Porque se había enojado no tuvo cuidado. Porque no tuvo cuidado Había ponchado dos llantas del carro Ella había ponchado dos llantas del carro. |
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