Natalia Preciado Mancera

Espanto

El ventilador saca sus manos
para alcanzar los zapatos de madera.
La puerta de la noche negra
agarra el vaso y se lo traga.

Dependencia

Está quieta cuando la cargas
no se mueve,
la dejas en un lugar
no se mueve,
siempre la llevas a casa
no se mueve,
la alimentas
no se mueve,
la vuelves a meter, la dejas
no se mueve.
Se queda en un hueco.
No se mueve.

A, b, c, bailarín

Estaba un poco aburrida en la escuela un día gris y lluvioso, pero la historia que les cuento cambió todo este panorama trágico y poco divertido. Sentada en el escritorio me di cuenta que las letras del abecedario empezaron a moverse, se cambiaron con sus mejores ropas y se pusieron a bailar.
La a y la o bailaron ¡oa, oa, oa!, la h, la i y la j bailaban ¡Hiji, hiji, hiji! La t y la e bailaban ¡te, te, te! La y y la z, no querían bailar porque como eran siempre las ultimas a todos lados que iban siempre tenían flojera. Sin embargo el ritmo pegajoso y el ánimo de las demás hizo que todas las letras bailaran sin parar.
Estuvieron felices por horas bailando y bailando y colorín colorado el abecedario se ha cansado.

Prrrrrrrrrrrrrrrrrtaa

Les quiero contar algo que me pasó.
Un día algo comí que no me cayó muy bien a mi pequeño y delicado estómago. Corrí y corrí para llegar a mi casa sin ningún accidente, por fin llegué a casa y: Prrrrrrrrrrrrrtaa.
Me sentí mucho mejor, pero, el olor: ¡fuchi! Hasta mi casa se escapó, se fue a esconder detrás de otra, pero juntas las dos casas corrieron porque el olor era insoportable.
Todos salimos corriendo detrás de las dos casas para que regresaran. Las alcanzamos y les dimos un buen baño y un castigo por haberse ido.
Platiqué después con ella e hicimos un trato: cuando oliera mal por otro pro-ble-mi-ta le prestaría un buen aromatizante para compensarlo.

 
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