Siete treinta

Cansado y aburrido, pedí una diferencia al despertar. Hoy abro los ojos para descubrir una silueta abrazada a mi cintura. ¿Qué hace esta mujer aquí?, no tomé anoche, no recuerdo haberla levantado de ningún lugar. Estoy desconcertado.

Tengo miedo de moverme y despertarla. No sé qué es lo que se supone que tengo que hacer. Sobre su cabeza veo el reloj, 7:30. Tendría que levantarme ahora, pero podría despertarla. Si bien no es fea, tampoco un ángel.

Ella podría ser lo que busco, lo que me falta, lo que llenaría mi vida. Podría ser muy feliz al ver las cosas desde su punto de vista, que podría ser diferente al mío, aunque también único e increíble. Pero, por otro lado, podría ser muy aburrida, o demasiado entusiasta; incluso, podría resultar ser una histérica que sólo me haría las cosas más difíciles. Podría estar preocupado todo el tiempo tratando de hacer feliz a alguien que no tiene la mínima idea de cómo hacerlo sola. A fin de cuentas, a quién se le ocurre un concepto tan absurdo como el de necesitar a alguien que te acompañe hacia ningún lado.

Entonces elijo no moverme y volver a dormir.

Cuando despierto de nuevo, ella se ha ido y todo parecer normal, así es que me levanto y veo el reloj, 7:30.

Me dirijo a la cocina por un vaso de agua y de regreso a mi habitación el llanto de un bebé me hace quedar helado. Asomo entonces la cabeza al estudio y descubro una cuna con un pequeño bulto. El corazón se me va a los pies. Salgo de la habitación buscando a alguien que me diga que esto es una broma. Al no encontrar responsables, me acerco poco a poco preguntándome cómo fue que llegó eso hasta aquí.

Una parte de mí se inclina para levantarlo entre mis brazos, y la otra me paraliza de miedo. Si decidiera acogerlo probablemente esto sí sería lo que busco, lo que me falta. Debe ser satisfactorio mostrar el mundo a alguien a través de tus ojos. Y debe ser también vivificante ver el mundo a través de ojos que no han sido todavía expuestos a la catástrofe y de una mente que no conoce aún la malicia. Pero por otro lado, podría llegar a ser un hijo ingrato que sólo implicaría sacrificios, desvelos y decepciones. Además, debo estar loco pensando que yo podría ser un buen ejemplo a seguir; de seguro, al exponer todas mis heridas, transmitiría todas mis fallas, lo que vendría a convertirse en un hijo fracasado.

Entonces elijo seguir caminando por el pasillo sin voltear atrás. Me empino el agua y vuelvo a la cama mientras el llanto se desvanece entre sueños.

Cuando vuelvo a despertar, miro el reloj, 7:30. Al caminar hacia el baño, descubro un departamento ostentoso y al voltear de frente al espejo observo a un hombre bien parecido que, en respuesta a mis movimientos, el espejo me dice que soy yo. Esto es una sorpresa.

Algo me dice que vuelva a la cama, pero en lugar de eso me miro en el espejo, extasiado. Probablemente esto sí sea lo que lo que me falta. Quizá, teniendo todo esto, podría encontrar a una mujer. Una mujer codiciada por la que yo sería envidiado al estar con ella. Y aunque no me considero una persona materialista, tener un buen nivel de vida alejaría muchas de mis preocupaciones. Debe ser agradable poder ir de vacaciones sin hacer cuentas con anticipación, o al salir a cenar, ordenar sin mirar los precios en la carta. Aunque existe también la posibilidad de que esta mujer sea sólo interesada y no le importe más que mi dinero, mis bienes o lo bien que se ve a mi lado. Incluso no sé cómo podría ser feliz preguntándome, constantemente, cuánto más puede perdurar aquello tan difícil de mantener.

Así es que decido volver a la cama y dejarlo todo como está.



Holanes y moños

Era un bonito vestido. Con olanes y moños de color salmón. Unas cintas delgadas y brillantes atravesaban en diagonal la parte superior del cuerpo hasta la cintura. La manga corta y bombacha acentuaba la delgadez de sus blanquísimos bracitos. Su abuela le había puesto, además del vestido, unas calcetitas con un holán al final que combinaba con el resto del atuendo. Le había pintado los labios en color rosa y le había hecho morder una servilleta para eliminar el exceso de pintura. Le enchinó un poco las pestañas con una cuchara y le puso un poco de rubor. Finalmente, le colgó unos aretitos de clip que parecían de perla y una valerina de listón. No podía dejar de verse en el espejo. Su abuela estaba muy emocionada, le trajo una silla para que posara frente al espejo y después puso música y tomó sus manos para bailar. Bailaron y rieron mucho, como todas las veces. Pero algo andaba mal, porque los niños no usan vestidos. Algo estaba mal porque su abuela le dijo que no podía usar el vestido para ir a la escuela porque ahí se va en uniforme. Él quería que llegara mamá pronto de su viaje, quizá le pediría permiso y ella sí lo dejaría ponérselo. Así todos los niños se darían cuenta de que es un niño muy bonito. Sobre todo cuando se viste de niña, como dice su abuelita. Se imaginaba saliendo por la puerta y caminando solo por la calle como si fuera grande. Con los labios rojos, los zapatitos de charol brillando. –Buenos días, Sra. Ramos. –Buenos días amor, qué lindo te ves hoy. Mamá en cunclillas para recibirlo a la salida del colegio con un abrazo en el aire dando vueltas mientras exclama lo guapo que está con ese vestido. Pero algo no anda bien porque la abuela después de bailar le dijo que se lo quitara rápido porque ya iba a llegar el abuelo. Tiene ganas de llorar porque no quiere que llegue. Uno, porque se tuvo que quitar el vestido; dos, porque siente culpa y vergüenza, pero no entiende porqué. Sabe que algo está mal. Y lo sabe porque, más que ganas de correr a los brazos del abuelo y sentarse en sus rodillas, quiere quedarse escondido en ese clóset y no salir nunca, como cuando rompió el jarrón de la sala.

Finalmente, se pone de pie y se sienta en la banqueta a fingir que juega con un carrito rojo. Baja el sol y, del coche gris, el abuelo que se estaciona frente a él. –¿Qué traes en la boca? ¡A ver, maricón, ven acá! Rasposa servilleta limpia culpas. Algo anda muy mal porque la abuela no recuerda que ella lo hizo y no dice nada. Fuera cinturón y uno tras otro moretes. Algo anda muy mal porque con baba y lágrima en la rodilla del abuelo, mientras la piel quema, quiere que sea mañana para ponerse de nuevo el vestido, aún con las nalgas rojas.

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