| ADN Entró en la habitación, preocupado de lo que pudiera encontrar, esperando que su madre no escuchara que estaba ahí. Nunca había entrado al cuarto de sus padres. Siempre le habían dicho que mientras él respetara aquel mandato, ellos jamás se meterían a su recámara a husmear cuando él no estuviera presente. Su madre de vez en cuando entraba para hacer la limpieza, pero lo hacía cuando él estaba en la recámara. Olvidando todo ese respeto que habían tenido por años, entró en la habitación, aún temiendo que su madre subiera las escaleras porque hubiera olvidado algo en el segundo piso, pero aquel miedo se le olvidó cuando abrió la puerta y se encontró con las camas separadas. El asunto le produjo desconcierto, pero ahora comprendía muy bien por qué sus padres habían puesto esa absurda “regla”. Era evidente que, siendo pequeño, tendrían qué darle muchas explicaciones, pero sería más fácil engañarlo. Ahora, cuando ya era mayor de edad, entenderlo era sencillo, pero no aceptarlo. Sin embargo, un ruido metálico en la primera planta de la casa, le produjo un sobresalto. Entonces cerró la puerta tras de sí, procurando no hacer mucho ruido para no llamar la atención en la parte baja. Miró a su alrededor. Sabía que podría encontrar ahí la respuesta a todas sus dudas. Fue cuando algo captó su atención: una mesita de noche. Sabía que lo que buscaba debía estar en aquella mesita, a un lado de la cama con el edredón color negro. Ésa, seguramente, debía ser la cama de su padre. Era obvio porque la otra tenía un edredón blanco. Además, su padre era el único que usaba esos colores para sus cosas. Se apresuró a la mesa y se dio cuenta que había solo un cajón en la misma, y ese detalle reavivó sus especulaciones sobre dónde podía estar lo que estaba buscando. Además, él mismo tenía dudas sobre eso, pero su instinto le decía que no debía salir sin antes haber encontrado algo. Abrió el cajón y entonces lo supo. Ahí estaba. Sabía él que no podía estar equivocado. Descuidado. Fue lo único que pudo pensar al encontrar aquel sobre. Descuidado, porque no estaba cerrado con llave. Pensó que al tener cerradura, podría estar resguardando cosas importantes dentro. Un viejo sobre, amarillento. Fácilmente podía calcular el tiempo de guardado de ese papel: unos veinte años por lo mucho, pero era evidente que llevaba años dentro de ese cajón, porque estaba cubierto de polvo, y el interior también. Era verdad que solo era un sobre. No tenía un logo o una figura que lo identificara como proveniente de alguna empresa, pariente, etc. Pero algo le decía que contenía algo importante. En la parte posterior, donde se anotaba el remitente y destinatario, había solo una leyenda que rezaba el nombre completo de su padre. Sería demasiada coincidencia que fuera para un homónimo. Esa letra no era de él. No. Seguramente estaba dirigida hacia ese hombre serio con el que vivía, y albergaba las respuestas a sus preguntas. Abrió el sobre y encontró varios papeles doblados. Pasó de uno en uno, como si buscara una carpeta dentro de un archivero. Pero lo que más llamó su atención, fue uno de ellos, que tenía un logo en la parte superior izquierda: era de un laboratorio de análisis clínicos. Aún si era poco lo que podía verse, estando doblada la hoja, pudo visualizar un nombre… Un nombre que lo hizo cerrar el sobre nuevamente y comenzar a respirar agitadamente. No podía ser posible… No pudo soportarlo. Le daba asco la situación. No tenía valor para volver a echarle un vistazo. No quería ver siquiera el nombre nuevamente, si lo hacía, quizá sería demasiado para él e iría rápidamente con su madre a reclamarle, porque claro… ¡ella debía saberlo! No necesitaba ver más. ¡¿Para qué?! El parecido y esa prueba ahí… era demasiado claro. Su cabeza era un mar de ideas. Sintió la necesidad de salir de esa casa y respirar aire fresco. Se asfixiaba y de repente, en su estómago hubo una revolución que le provocó la peor de las náuseas y palideció. Estaba al borde del vómito. Dejó el sobre dentro y cerró el cajón, con manos temblorosas y con la ira corriéndole por todo el cuerpo. “¡No, no seas idiota! ¡Llévatelo! Es una prueba. ¡Será más fácil acabar con todo si lo muestras!” Esa voz azotó su cabeza al mismo tiempo que estaba cerrando el cajón, entonces lo abrió sin ningún cuidado de que alguien más lo escuchara. Pero eso había carecido de importancia desde el momento en que había visto las camas separadas y el sobre solo había sido un plus a ignorar el que pudieran descubrirlo. Se fue a su cuarto con el sobre en las manos pensando que quizá después tendría problemas se daban cuenta de lo que había hecho. Si esa noche su padre buscaba en el cajón, se percataría que el sobre no estaba ahí y pensaría de inmediato en qué miembro de la familia pudo haberlo extraído. Podría culpar a su madre. Sería la primera que vendría a su mente, debido a que con seguridad, era la única que sabía sobre la existencia de ese sobre… o tal vez no. Quizá pensaría que su madre había descubierto por fin la infidelidad… pero si fuera así, ¿entonces por qué dormían de aquel modo? Tantas preguntas, y sin poder responderlas debidamente. Solo podía tener elucubraciones, porque con aquel malestar que le había provocado el sobre, no tenía las ganas de ver a alguno de los dos para pedir explicaciones. Poco le importaba si había dejado el cajón abierto o no. No lograba recordarlo. Solo sabía que había cerrado la puerta sin ningún cuidado. Entró en su cuarto y cerró. Por fin privacidad. Por fin seguridad y además, quizá dentro podría hacer todo lo que se había aguantado hacer dentro de la pieza de sus padres. Miró su cama y encontró el celular y su laptop en el mismo sitio. Como los había dejado. La pantalla de la portátil brillaba, mientras que su celular también despedía una luz que le anunciaba que había llegado un mensaje mientras él curioseaba en la habitación de sus padres. En la pantalla de la computadora pudo visualizar las ventanitas del programa que utilizaba para chatear con sus amigos. Muchas de ellas brillaban en la barra de inicio, esperando a ser atendidas. En una de ellas vio la foto de uno de sus amigos, sonriente. Esa fotografía había sido tomada la semana pasada, cuando habían ido a beber el fin de semana. Lo hacían a menudo, para sentir cómo el alcohol se deshacía de todas esas cosas que provocaba el estrés de ser universitario. Pero no importaba en esos momentos la foto, ni los litros de alcohol que corrían por sus venas desde que había aprendido a beber. Ahora solo importaba lo que llevaba en su mano. Solo importaba la rabia que sentía, y ninguna de las ventanitas que parpadeaban en el monitor, iban a consolarlo. Se acercó después de haber pensado todas esas cosas mientras observaba el ordenador y el teléfono celular en la cama. Parecía que lo acusaban. Necesitaba tranquilidad. Solo tranquilidad. Solo deseaba que lo descubierto se borrara de su cabeza por unos instantes, al menos hasta que se sintiera mejor y sin la necesidad de correr al baño y escupir todos sus pensamientos e inquietudes al escusado, haciéndolo cómplice de sus actos. “¡Malditos traidores!”, pensó dirigiéndose a la computadora y al celular como si fueran enemigos. Se acercó rápidamente a su cama, arrojando el sobre al pie de la misma. Necesitaba pensar, y esas cosas luminosas no lo dejarían hacerlo. Apagó su celular, cerró su computadora y su corazón. ¿Para qué lamentarse? ¿Y si hacía como nada hubiera pasado? ¿Y si se olvidaba del sobre?... Seguir con su vida normal. Continuar con todo como si nunca hubiera sospechado nada. Quizá sería la perfecta excusa… No tenía por qué ser lo que estaba pensando. No tenía por qué ser lo que tanto estaba temiendo. Aún así, si lo pensaba de ese modo, ninguna de las piezas que tenía encajaban. Pero también, podía ser cualquier otra cosa. No era brillante para las adivinanzas… así que le quedaba ese consuelo. ¡¿Pero cómo podía ignorar algo así, si desde hacía unos minutos todo había cambiado para él?! No había razón por la cuál hacerse de la vista gorda. Nada podía ser igual por más que se esforzara. ¡Nada! Desde hacía semanas que sospechaba que su padre escondía algo. Desde hacía semanas se había dado cuenta de detalles que lo habían comenzado a hacer dudar. Había tantas cosas que lo habían incitado a investigar, y ahora, con aquel sobre corroboraba todo lo que había estado pensando. No era nada de tomarse a la ligera. Y su madre… De seguro ella sabía de eso. Era más que evidente que ella tenía mucho qué ver con aquel enorme secreto que él había descubierto. ¡Lo sabía! ¡Sabía absolutamente todo! Ahora comprendía por qué se quedaba seria o parecía preocuparse cada que hablaban asunto. No estaba desvariando. Su madre… Siempre tan sumisa. ¡¿Por qué?! ¡Si lo sabía, por qué nunca le dijo nada! Debió haberlo hecho, ¡tenía por qué! ¡Él tenía derecho a saberlo! ¡Más que nadie! Se subió a la cama, sentándose contra la pared, recargando su espalda en la misma. Llevó sus manos a su rostro y lo apretó, queriendo borrar todo lo que había descubierto. Pero hacerse el tonto sobre el asunto no le serviría de nada. Además, no podría quedarse tranquilo. ¿Quién podría comportarse como si nada sucediera después de tremendo shock? Retiró sus manos de su rostro acongojado y manchado por las lágrimas que habían corrido por sus mejillas. No supo cuánto tiempo estuvo llorando, solo sabía que sus sollozos eran opacados por la prisión que habían representado sus manos. Pasaron las horas. Las malditas horas. Pensando en el asunto. Pero también estancando su mirada en un solo punto, sin saber si pensaba o soñaba. Se sentía ligero. Parecía como sino existiese su cuerpo, y la luz del ocaso comenzaba a filtrarse por la ventana que se encontraba frente al escritorio. Aquella luz que anunciaba la vejez del día, iluminó la habitación con su tan conocida y bohemia luz amarillenta y rojiza. Recordaba. Todo aquello que una vez le dijeron con una mueca de desconcierto, como si estuviera loco y agregando las palabras “Debes estar bromeando. Es el estrés”. Se estaba volviendo una pesadilla. Pero ésa sí daba miedo… y más que miedo, daba asco. Su mirada perdida en el muro, dibujaba un recuerdo. Algo que había estado oculto en su memoria, y la luz rojiza del atardecer le ayudó a aclararlo. Intuía que la respuesta estaba en el sobre. Tenía qué moverse a como diera lugar y dejar su cobardía. Era el único modo que estaría tranquilo. Así que se abalanzó sobre el mismo, que había dejado tirado en una esquina de la cama. Lo abrió con manos torpes, temblorosas y húmedas, al igual que sus ojos que danzaban sobre la superficie amarillenta y áspera del papel, esperando que no fuera lo que tanto estaba temiendo. Queriendo quitarse ya de encima ese gran peso que tenía sobre las dudas de sus últimos días. Además de los resultados clínicos que decían positivo, desesperanzándolo de toda oportunidad de duda y error, había una foto. En ella, estaban él de pequeño y una niña, sonrientes. Él la abrazaba y ella solo sonreía, con sus manos enlazadas al frente, como si le diera vergüenza posar. Lo invadió el pánico nuevamente. La volteó y decía “Mis hijos. 5 de Abril de 1981”. No, no podía ser posible… Simplemente no podía ser posible. El sobre debía contener mil y un cosas que su padre guardaba, todas revueltas y sin sentido. Entre la vejez del papel y su torpe y desesperado trato hacia el mismo, terminó rompiéndolo, pero eso ya no le importaba en lo más mínimo. Debía corroborar que sus recuerdos estaban siendo alterados con el paso del tiempo. Se decía que se modificaban y no siempre eran los mismos. Estaba científicamente comprado, así que no podía confiar fielmente en ellos… Solo… podía confiar en las pruebas que había robado de la habitación de sus padres. Dejó el sobre viejo y roto a un lado, casi a la orilla de la cama y observó los papeles que habían estado resguardados: dos fotos más, de los mismos niños, el papel del laboratorio que había visto primeramente y otros dos papeles doblados cuidadosamente. Se quedó observando las fotografías, y al poco tiempo las volteó contra el edredón. Prefería no verlas porque solo lo alteraban más. Además, seguía pensando que podía ser una amiga suya que no recordara. Podía ser cualquier persona… Tomó una de las cartas que estaba doblada cuidadosamente, descansando sobre la cama. Exhibiéndose a él, como una bailarina exótica que esbozaba una sonrisa, invitándolo a tocarla… Y obedeció. Agarró una de las cartas sin ningún cuidado, la que parecía más vieja a sus ojos. Comenzó a leerla… Raúl: Me pediste que te tuviera tiempo, y créeme que lo estoy teniendo. Sé que en cualquier momento te divorciarás, así que tengo la certeza de que algún día estaremos juntos y que le pequeño Julián vivirá con nosotros. No será fácil pelear por la custodia, pero sé que de algún modo lo conseguirás. Estaré apoyándote siempre. Dijiste que querías una foto de Erika, pero he decidido mandarte esta, porque sé que adoras verlos juntos. ¿Sabes? Voy a querer a tu hijo como si fuera mío y no es difícil. Es un niño muy dulce e inteligente. Sé que quizá le haremos daño, pero estoy segura que pronto lo entenderá y formaremos una verdadera familia, como siempre lo hemos deseado. Pronto, mi amor, muy pronto podremos estar juntos. Estoy segura de eso. Espero que tu esposa no se dé cuenta antes de que le sueltes la verdad, y además… que comprenda que solo se interpone en nuestro camino. Es un estorbo, así que espero que se haga a un lado lo más rápido posible. Estaré esperando tu respuesta. Karla. 25 de Noviembre del 1981. Muy breve, pero reveladora. Sí. Su padre tenía una amante. Sí. Esa mujer tenía una hija, a quién él ya conocía. Una niña que veía en el recuerdo que dudaba que fuera netamente real. Esa memoria, que lo hacía sentirse como un traidor con su madre. Pero… era solo un niño… Entonces, a su mente vino la imagen de a su padre y a una mujer. Ambos sonreían, observándolo. Pero no solo a él, había alguien más con él: una niña de vestido rojo, que oscilaba como una flor frágil a su lado. Unas palabras llegaron a su mente, mientras ambos jugaban en el jardín de una casa: “Quiérela”. Era la voz de su padre. No. Debía estar pasando algo por alto. Quizá había algún detalle que se le estaba olvidando. Cualquier cosa que le dijera, que estaba malentendiendo todo. Para él, era necesario que hubiera algo más por lo qué seguir especulando y preguntando. Si antes se desesperaba por el montón de dudas que había en su cabeza, ahora estaba aún más frenético por encontrar más preguntas, por tener más dudas. Así no tendría qué sufrir con la verdad que estaba descubriendo. La carta. Esa mujer. La verdad. Los nombres. La letra. La fecha. TODO. Ya no podía llorar siquiera. Era demasiada la impresión. No sabía si reír, llorar, enojarse… Una combinación de emociones, atacaron todo su sistema nervioso, provocándole la necesidad de gritar. Pero no lo hizo. Fue entonces cuando su mirada, que bailaba por toda la superficie de la carta se desvió un poco hacia la cama, encontrando ahí la segunda carta, o el segundo pedazo de papel doblado cuidadosamente. Se abalanzó sobre la carta como si fuera un león cazando a una cebra, y la abrió rompiéndola ligeramente. ¡Tú me lo habías prometido y ahora sales con la excusa de que no estás seguro de que sea tu hija! ¡¿Qué me crees acaso?! ¡¿Una prostituta?! ¡¿Alguien que se acuesta por dinero?! No, Raúl. Yo te amé y sigo haciéndolo. ¿Quieres una prueba de que Erika es tu hija? Ahí la tienes. Te mando los exámenes de ADN, que le hicimos. El doctor dice que no hay duda alguna ni posibilidad de que no sean verdaderos: ERIKA ES TU HIJA. Hazle las pruebas de ADN que quieras. No podrás encontrar a alguien que te diga lo contrario, a menos que las falsifiques. Sí te creo capaz de hacerlo para librarte del compromiso. El que seas abogado no quiere decir que seas del todo justo. Eres como todos los demás, abogados y hombres, un patán. Un maldito machista que se va cuando quiere, después de esparcir su legado por todo el mundo. Pero te vas a arrepentir, Raúl. De mí te vas a acordar algún día. No voy a ser yo la que te lo haga pagar… pero no te voy a dejar vivir en paz. Voy a hacer todo lo posible porque tu vida sea un infierno… Dile adiós a tu vida personal. Dile adiós a tu vida en familia. Dile adiós… a tu vida conyugal, porque a estas horas, tu mujer ya debe estar enterándose por mí, que tienes otra hija… y con su mejor amiga. ¿Cómo crees que lo tome? ¿Bien? Seguro que va a dejarte. Y me alegro. Ojalá aleje a Julián de tu lado y nunca más vuelvas a verlo. Te aseguro que jamás volverás a ver a tu hija. De eso me encargaré yo. Y no te molestes en buscarnos, no tengo contemplado vivir más en esa casa. Por tu culpa, no puedo ejercer más mi profesión. No sé qué será de mi vida ahora que la arruinaste, pero déjame decirte, que me dedicaré a criar a Erika del mejor modo. No permitiré que conozca a patanes como tú. Y también, me encargaré de que te odie… ¡Tu hija nunca va a amarte! ¡Eso y más es lo que te mereces! ¡Hasta nunca, HIJO DE PUTA! Se le revolvió el estómago nuevamente, sintiendo las ganas incontenibles de vomitar. Todo lo que estaba dentro de su estómago le gritaba. Mientras que su razón comenzaba a buscar las excusas para librar a su padre de esa acusación que le revoloteaba en la cabeza, intentando que las cosas fueran menos graves de lo que ya eran. Había demasiados sentimientos encontrados y ninguno era positivo. No sabía cómo hacer para liberarlos, pero tampoco podía dejarlos dentro de su pecho. Los quería afuera y ya… porque sentía que se estaba asfixiando. Apretó la carta con una fuerza que nunca creyó tener y la arrugó completa. Se trozó con facilidad debido a lo vieja que era. No podía saber exactamente de cuándo era porque la mujer “misteriosa” no la había fechado. Pero eso no importaba. Comenzó a romperla, a hacerla piezas para un rompecabezas que jamás querría armar. Los pedazos de la misma caían sobre la cama y el piso, logrando ensuciar aquel lugar donde él se encontraba intentando borrar todo rastro de verdad que ligara a su familia con otra. Sentía que si rompía la carta, que si la hacía añicos, entonces lograría sentirse mejor. Pensaba que las cosas cambiarían y que no habría necesidad de lamentarse más por eso. Quizá podría continuar con su vida si rompía aquellas pruebas… pero completas. Viviría más tranquilamente sino había pruebas de ningún tipo. Viviría mejor, estaba seguro de eso. Pero… cuando estaba por tomar la notificación de las pruebas de los análisis de ADN, se detuvo… Por alguna razón no podía romper esa prueba. Era demasiado contundente. Demasiado concreta. Decía mucho. Más que todas las cartas que pudiera estar escondiendo su padre en el cajón. Esas pruebas le decían: “Por más que rompas todo… No podrás acabar con la realidad”. “Malditas… ¡MIL VECES MALDITAS!”, pensó. -¿Julián?- lo interrumpió una voz delicada, con un tono entre el temor y la preocupación. Levantó la mirada, sin importarle el aspecto de su rostro manchado por las lágrimas y la desesperación de sus manos. La dirigió hacia la puerta y entonces la vio… Se encontraba ahí, de pie, mirándolo desde el marco, con una expresión de profundo desconcierto. No le quitaba la vista de en cima. Era evidente que estaba asustada por el espectáculo de la habitación. Era la persona a la que menos quería ver. Además, odiaba que entraran a su habitación sin avisar. No le gustaba que interrumpieran su intimidad y menos en ese momento, donde no podía poner en claro toda la información que había recibido en tan poco tiempo. Le preguntó si estaba bien. Agregó qué había ocurrido. Pero él no contestó a ninguna de sus preguntas. Aún si la mirada casi maternal en ella estaba interrogándolo más que con palabras, no abrió la boca. No salió ningún sonido. Volvió a llamarlo, sin respuesta. Y después de eso, la expresión de su rostro se cubrió completamente de miedo. Podía hasta olerlo, y gracias a eso, se sintió salvaje. Entró en la habitación, aún observándolo como si fuera una bestia salvaje. Podía darse cuenta que en sus ojos se vislumbraba el sentimiento del temor, las preguntas del entrar o no, de si hacía lo correcto o mejor dicho, lo prudente. Repitió su pregunta “¿estás bien?”, pero no recibió respuesta y se dio cuenta cómo la mirada de ella se clavaba en sus manos, donde todavía tenía rastros de las pruebas que había encontrado. Bajó la cabeza y miró el papel hecho trizas en grandes pedazos. Se había deshecho de ellas y no tenía por qué enterarse, así que pensaba en una estrategia para sacarla de su habitación y que no volviera a entrar en lo que restaba del día. Pero… -Esta letra… Había bajado la guardia. Mientras pensaba cómo decirle que se fuera, se había distraído de su verdadera preocupación: que descubriera las pruebas que tanto se había esmerado en ocultar. Seguramente comenzaría a preguntar, empezaría a cuestionar acerca de cómo y de dónde las había casado. Ya lo veía venir. Y es que cualquier persona en su sano juicio preguntaría. Pero lo peor de todo, es que él no quería dar respuestas. ¿Por qué las tienes tú?, preguntó. ¿De dónde las sacaste?, agregó. ¿Qué ha pasado aquí?, insistió. Tres preguntas que no quería contestar. Tres respuestas de las que ya no quería saber nada. Tres verdades que había descubierto, ahí, en ese pequeño mundo que era su casa. Se acercó más a la cama y vio un papel que estaba extendido al lado de él. Lo tomó entre sus manos y lo miró. No se lo impidió. Estaba como un zombi, con la mirada fija a una nada que le interesaba. Con las preguntas que le había hecho, revoloteándole en la cabeza. Poco después, tomó consciencia de que estaba viendo los análisis clínicos, la única hoja vieja que había sobrevivido a la masacre de la que había sido protagonista. Aquel papel que lo apuntaba como el principal responsable de querer ocultar la verdad. Se lo arrebató de las manos y lo trozó, así como había hecho con las cartas y bajándose de la cama, dando un tumbo y cayendo al piso, arrojó los pedazos al frente, como si hubiera un vacío el cual se los tragara para siempre. Volvió a llamarlo, ésta vez con la voz quebrada y más asustada. Sabía que estaba preocupada, más de lo que se imaginaba. Pero su error había sido entrar en la habitación sin siquiera haber tocado o anunciado que iba a entrar. Aunque lo que él no sabía, es que lo había hecho repetidas ocasiones, hasta el punto de preocuparse porque nadie respondía. Giró lentamente la cabeza, intentando encontrarla para mirarla a los ojos y ahora descifrar la pregunta que estaba impresa en sus pupilas. Pero no pudo hacerlo. No pudo porque en seguida su mirada se desvió hacia el celular… y quedó más clara la presencia de ella en su recámara. Recordó el mensaje que había llegado a su celular. Era inevitable darse cuenta de quién lo había enviado antes de apagarlo. Ella… Una de las compañeras de la universidad. Ella… a quién le había pedido noviazgo hacía casi un año. Ella… a la que llamaba Su Mujer. Terminar. Tenía qué terminar. ¿Pero cómo? ¿Cómo le decías a la persona que amas… que eres su medio hermano? ¿Cómo se sentiría eso?... Y la miró. Le dirigió su mirada, buscando un indicio para poder articular alguna palabra. El que se presentara en su casa ese día, había sido una mala idea. -No puede ser…- fue lo único que pudo articular. Pudo notar cierto desprecio en sus palabras. Decepción. Dolor. Repulsión. No había sentimientos positivos, y tampoco de amor en sus palabras. Estaba como él, devastada por la sorpresa que había llegado tan de repente esa noche… No dijo nada más y la dejó pasar por su lado, con las lágrimas corriendo ya por sus mejillas. Sollozando sin preocuparse de que alguien más los escuchara. Era inteligente. No tenía por qué preguntar más, ya que la letra de su madre la tenía memorizada y también, había logrado leer un fragmento de la carta, debido a lo grandes que eran los pedazos. Era obvio lo que se debía hacer: TERMINAR. No volver a verse. Eso era lo que se tenía qué hacer, pero sobre todo… ¡Es que ni siquiera una explicación bastaba! Ahora entendía las palabras de la madre de su novia… o ex novia. No solo se había encargado de que la vida de su padre fuera un infierno, sino que también ahora indirectamente, se estaba encargando de destrozar la vida de él también. Se tomó el cabello nuevamente, con fuerza. Se desesperó ante la idea del no saber qué hacer. Y fue entonces cuando sus lágrimas comenzaron a desbordarse por sus ojos nuevamente. Respiraba agitadamente y no sabía hacia dónde enfocar su decepción y su frustración. ¿Hacia quién? ¡¿Quién?! Sus padres… Tenían la culpa. La madre de Erika también. TODOS. Todos menos Erika y él, que solo se habían conocido en la universidad y meses después de frecuentarse, se habían vuelto una pareja. Ellos no habían hecho nada malo. Sus padres SÍ. Vio el aguarrás de en su escritorio, y también la navaja que utilizaba para sacarle punta a sus lápices. Ser estudiante de Diseño Gráfico de algo estaba sirviéndole en aquellos momentos. Y justo a tiempo. Se apresuró hacia el escritorio, bloqueándose ante la realidad de que en cualquier momento, su madre subiría a preguntar cuál fue la razón por la cuál Erika se había marchado hecha pedazos. Tomó la navaja con manos torpes… y la abrió sin titubear mucho. Era su favorita por su filo. Se dio un lancetazo en cada muñeca y poco le importó que manchara el suelo con sangre, al igual que el escritorio. A continuación abrió la botella del aguarrás y aún temblándole las manos, sin sentir el dolor de sus muñecas, se lo llevó a la boca empinándose la mitad del contenido, como si fuera agua y poniendo en práctica sus años de “fondos” en los bares. No pudo terminar el contenido, porque su madre había llegado y le había arrebatado la botella de las manos, comenzando a cuestionarlo sobre Erika, qué había pasado en la habitación… pero el horror de la mujer aumentó cuando vio sus muñecas y su rostro. El caos provocado por una carta, por el secreto familiar de Julián, dejó saldos irreparables. Afortunadamente, habían logrado salvar la vida del chico y debido a tal atentado contra su vida, los doctores recomendaron a los padres mandarlo a un centro de ayuda psicológica para su recuperación. Debido al cuadro de crisis y estrés del muchacho, los médicos no les daban muchas esperanzas de que saliera rápidamente de aquel estado. La impresión y el daño que se había infringido Julián eran severos, por lo que pedían que se le internara de inmediato y no podían asegurar una pronta y total recuperación. Lo ocurrido con Erika a partir de esa noche reveladora en la que había ido a ver a su novio, no era un cuento de hadas. La razón por la cuál había ido a su casa esa noche, fue que al estar hablando con él en línea sobre el asunto de las dudas que tenía sobre su padre, había dejado de contestar y tampoco servía su celular. Su intuición femenina le había dicho que debía ir su lado, saber qué sucedía. Y esa fue su última visita a esa casa. Esa misma noche que Erika regresaba a su casa, a bordo del coche que su madre le había prestado, revoloteando en su cabeza lo que había visto en ese sobre, intentando comprender que solamente era una coincidencia, falló al momento de intentar tomar el carril central que daba al paso al desnivel para llegar a su casa. El automóvil se subió a las barras de concreto que dividían los carriles laterales, provocando que el vehículo con la velocidad de cien kilómetros por hora se volcara y rodara en dos ocasiones… provocando la muerte de Erika. La familia de Julián nunca supo qué pasó con la chica, ya que la señora Karla jamás quiso recibir al novio de su hija en su casa. Por lo que llevaban un noviazgo a escondidas y Erika, al pedir el coche a su madre, lo había hecho con la excusa de ir con sus amigas al cine. La señora Karla jamás imaginó, que su hija había conocido a su medio hermano, ni tampoco que se había enterado de quién era su padre. Tampoco supo la verdadera razón por la cuál su hija le había mentido. Las amigas de Erika le habían dicho que no sabían nada sobre esa ida al cine y también quedaron anonadadas al saber por dónde conducía su hija. No tenían conocimiento de que su novio vivía por esos rumbos. El padre de Julián tampoco supo de la noticia de que una chica se había matado conduciendo a una velocidad peligrosa, en el paso a desnivel que estaba cerca de su casa. Y mucho menos supo de su hija Erika el resto de su vida, como Karla lo había advertido. La madre del chico que ahora necesitaba rehabilitación, necesitó un tranquilizante esa misma noche que llevó a su hijo al hospital. Y soñó con Erika, la novia de su hijo, llorando y recriminándole que la fachada de ser una suegra comprensiva y amable, era solo un juego… un asqueroso juego donde ella sabía la verdad y nunca dijo nada. Julián lucha contra los fantasmas de una realidad y una ficción, debido a su enfermedad. Una tragedia que Karla pudo haber evitado, si hubiera sido completamente honesta en su última carta, dejando de lado su actitud de mujer despechada y abandonada por el hombre por quién sufrió una obsesión: Tu vida conyugal va a terminarse, y lo peor de todo es que tú quedarás solo, mientras Erika y yo formaremos una familia, haciendo una nueva vida…. con su verdadero padre. |
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