| La Hereje Desde semanas atrás, los habitantes de La Purificación, pueblo cercano al Distrito Federal, se preparaban para la llegada del Papa. La plaza entera vestía de blancas flores, bellas ornamentas y el clásico papel calado azul. Alfombras rojas eran el pavimento de largas bancas de madera pulidas y laqueadas. La alta tarima, forrada de un enorme tejido de frivolité minuciosamente hecho por las monjas del poblado, serían el escenario del Padre. Cada habitante recortó su presupuesto alimenticio para poder aportar un poco de dinero a la ofrenda que seguramente les aseguraría el pase al cielo. Todos reunidos en la plaza estaban ansiosos, esperaban sentir los famosos escalofríos según cuentan cuando se le ve. “Ahí esta”, gritó un niño, las cabezas voltearon seguidamente; apareció el Papa móvil. Exaltados, pero guardando la cordura, comenzaron a comentar, no creían lo que estaban viendo,", pensó la madre Macrino. El pontífice caminó lentamente por la alta tarima dispuesta especialmente para la ocasión, ondeó la mano con un saludo y comenzó: Fieles peregrinos que me acompañan el día de hoy, antes de empezar la misa sagrada, demos gracias a nuestro gran y único padre Dios, el que posee la última y decisiva palabra, por haberme elegido a mí, como su representante aquí en la tierra… Interrumpiendo las palabras del Papa surgió de entre la multitud una pregunta: “¿Cuándo bajo Dios y dijo eso?”. Un silencio reinó la plaza entera, en menos de dos segundos las miradas posaban todas sobre la imprudente joven que había cuestionado; el silencio se vio frenado por las palabras del Papa que dulcemente decían: Eso es fe, mi niña ¡Yo nunca lo he escuchado! Respondió segura la muchacha. No necesitas oírlo para creerle, te lo repito: es cuestión de tener fe, insistió el religioso ¿Cómo estar seguros que sí es usted el elegido por Dios mismo si ni siquiera sabemos quien es él? Perdiendo la paciencia, el Papa le contestó enfadado. Cuando las personas en verdad creen no cuestionan, simplemente profesan. La joven desesperada por las respuestas y sin poder callar sus ideas gritó: Dios es solo producto del pensamiento. ¡Eres una incrédula, serás castigada aquí y en el cielo! , gritó el Papa, tratando de sostener el micrófono que se le caía de las manos temblorosas de coraje. “¡Linchen a la hereje!”, gritó el peluquero; “¡Sí, mátenla!”, gritaban. Como una ola descabellada, se dejaron ir contra la joven, le tomaron brazos y piernas y, acto seguido, la subieron tarima arriba para que fuera juzgada; todos opinaban sobre cómo debía morir. “Córtenla en pedazos para que no tenga ninguna oportunidad de vivir”, gritó el carnicero; “¡No, mejor entiérrenle un fierro en los pulmones para que así, la próxima vez, le cueste trabajo gritar lo que quiere decir!”, opinó el herrero; “¡Quémenla, para que lentamente se arrepienta de sus sucios pensamientos!”, sugirió la cocinera. ¡Personas aquí presentes! levantó el Papa la cruz bendita que colgaba en su pecho yo decido que hay que decapitarla y colgar su cabeza en la puerta de la parroquia para que os sirva de ejemplo, que es preciso escuchar, callar y actuar. “¡Si decapítenla!”, gritaban en coro amas de casa, obreros, inversionistas, carpinteros, pintores, comerciantes, indigentes, estudiantes, agricultores; toda la gente presente. Se levantó de la silla presidencial y comenzó: Con todo el respeto que se merece nuestro señor Papa, yo, como ciudadano elegido mediante el voto otorgado por la mayoría de los ciudadanos, y como encargado de velar por la soberanía de este pueblo al que represento, estoy de acuerdo y doy mi aprobación para que la maten. El presidente levantó la constitución con las dos manos y, con una exaltación desde el pecho, dijo eufóricamente: Habrá que saber distinguir entre lo que es hacer uso del derecho que esta constitución de los Estados Unidos Mexicanos le otorga, de expresarse libremente, y lo que es faltar el respeto de esta Nación, poniendo en duda la existencia de nuestro gran y único padre Dios, y, por lo tanto, el poder que le fue aunado a nuestro respetable Papa. Yo lucho por la justicia e igualdad de mi país, por consiguiente, propongo que la revoltosa decida la manera como quiere morir dijo el presidente de la nación. Habla niña, decide tu camino al infierno, le dijo el Papa a la muchacha, aprobando la propuesta del presidente. ¡Que lo decida el gran Padre nuestro, él es el de la última palabra, que Él venga y nos diga a todos los presentes de que manera merezco morir dijo la joven. La población entera volteó a los cielos en espera de la sentencia definitiva; pasaron segundos; poco a poco, minutos; tiempo después, horas. Impacientes por la respuesta, no les quedó más que esperar días. Sin pensarlo se volvieron pacientes, esperaron. Y seguirán esperando una eternidad. |
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