| Refugio No puedo dormir. Ya es media noche y aún estoy despierta. Refugio se contorsiona en la cama, ha terminado por destenderla y la sábana que la cubría de los pies al cuello ahora sólo le tapa una pierna y parte de su pecho. Se hace un ovillo y aprieta con fuerza los párpados y la boca. Podría levantarme y prepararme un té o sólo tomar leche, dicen que la leche caliente ayuda a conciliar el sueño. Tal vez escribir algo o leer. Sigue pensando en distintas alternativas, pero ninguna la convence. Es difícil animarse a hacer algo cuando lo que se desea es simplemente dormir, cualquier actividad se presenta a la conciencia como contraria a tal deseo. Quiero dormir. Quiero dormir. Ya sé, voy a contar borregos. Bah, eso es para niños. Se peina con los dedos su cabello oscuro y luego se frota la cara. Recuerda a un niño que vio por la tarde en el parque del centro, jugando con un avión de papel; luego, correteando a las palomas. Lejos del niño, había un señor viejo, con huaraches, pantalón ennegrecido y una camisa sucia, que buscaba en los botes de basura. ¿Qué habrá encontrado? ¿Comida? ¿No le hará daño comer puro desperdicio? Y ese niño un día será viejo, ojalá y no tenga que andar mendigando por su vida. La imagen se desvanece dando lugar a un recuerdo; sonríe, es una anécdota de su infancia. En qué estupideces estoy pensando. Debo concentrarme. ¡Vamos, Refugio! No pienses en nada, aparta toda imagen de tu mente. Eso es, al diablo con el parque, con el niño, el señor y su basura o su comida o lo que sea, a mí qué me importa lo que coma o lo que vaya a ser del niño. Pon en blanco tu mente, no necesito recuerdos infantiles. No pienses en nada. Lo estás logrando, Refugio, ya no hay niño ni señor ni árboles ni fuente ni bancas, no hay nada, tampoco preocupaciones ni recuerdos… De golpe vuelve a sentir el peso de su cuerpo que la aplasta a la cama. Pensar en no pensar es pensar. Se levanta y se sienta en la orilla. Gira su cuello y masajea su nuca. Las farolas de la calle alumbran la habitación. Refugio la conoce de memoria, no es que tenga memoria fotográfica sino que es pequeña y no muy sustancial. Entrando, a mano derecha, se encuentra una mesa de trabajo con libros y cuadernos encima; a mano izquierda, está el armario; en la pared de enfrente, la cama, y, encima de ella, la ventana con cortinas cafés y estampados de flores. La luz de afuera no alcanza a dar colorido al cuarto, sólo permite distinguir contornos. Ella es uno más. Se pone en pie y da vueltas por el cuarto, casi vueltas sobre sí misma. De pronto pisa una hoja, el crujido la saca de su sonambulismo. La junta y trata de leerla pero la luz es insuficiente. De igual manera no decía nada. Absolutamente nada. Hace bolita la hoja y la arroja contra la ventana. No satisfecha vuelve a tomarla y la desgarra en cientos de pedazos hasta que la cama y el suelo quedan cubiertos por cuadritos de papel. Por sus axilas corren gotas de sudor y en su frente hay cabellos pegados. Se tira a la cama y arroja al suelo el cubrecama y la sábana. Permanece quieta por un momento, escuchando su respiración acelerada, sintiendo como su corazón palpita; luego patalea y golpea la cama, toma la almohada y descarga almohadazos contra todo lo que la rodea; al tomar impulso para seguir con su embestida, golpea la ventana, el cristal se estremece, pero resiste; finalmente, arroja la almohada al otro extremo de la habitación no sin antes maldecirla. Suspira y cierra sus ojos, se recuesta de lado y se recarga a la pared, estira su mano y toca la ventana. Ladrillo y cristal, ambos frescos, uno liso por sí mismo otro por una capa de cemento y pintura, ambos imperturbables, ninguno espera. Refugio llora. No quiere darse cuenta de ello, no debe aceptarlo mas siente correr lágrimas por sus mejillas y escucha un sollozo que, aunque distante, surge de ella. ¡Basta! ¡Basta! Se incorpora con los brazos en la cama y aprieta con fuerza su boca. Hace un esfuerzo enorme por contenerse y pronto se debilita. Basta. Es una suplica vencida, pura inercia vital. Sus brazos no resisten su peso y se desmorona en la cama. Aún y con todo, sigue despierta, más despierta que momentos atrás. ¿Se habrá dado por vencida? Él no acabó con mis esperanzas, ellas no estaban… no están depositadas en él. No estoy muerta; débil, sí; cansada, también, pero no muerta. Otro suspiro y luego una gran bocanada de aire, respiración larga, no relajada. Así continúa, hasta que comienza a sentirse mareada y con cosquillas en sus extremidades. Se apacigua un poco, ha sido una noche larga. Por qué me atormentan estos pensamientos, ya ha pasado tiempo, ya he sonreído. Por qué, ¿por qué? No tengo que caer de nuevo. No hay una respuesta, así es la vida, así es mi vida. ¡Cállate! Respira, inhala, exhala. Eso es, tranquila, piensa en algo más. Pero en qué. Le replica una voz interna, familiar, casi ella misma. En cualquier cosa. ¿Estás segura? ¿En cualquier cosa? No contesta, no quiere iniciar una pelea. La voz se da cuenta de lo que trata de hacer Refugio y la sigue hostigando. Que no se te olvide que mañana tienes que levantarte temprano. ¡Ya lo sé! Y no me ayuda nada el que me lo recuerdes. No le hagas caso, está loca, es una amargada. ¿Yo? Dios mío, qué me esta pasando, es sólo una noche de insomnio, una noche tal y como las otras. La otra voz, un poco apagada pero aún con el mismo tono burlón, le recuerda: Mañana tienes… ¡Basta! Por la tarde estaba tranquila, cené bien, todo normal, por qué me esta pasando esto; no puede ser aquello, ya lo había superado, no tengo porqué hundirme La cama se la come, ya no es algo sólido, es una gelatina, y ella, una fruta en almíbar, pero no dulce sino amarga. Su cuerpo es una masa pegajosa, una calcomanía pegada a la cama. Por su rostro corren gusanos negros. Con la boca atrapa uno de ellos y lo muerde con saña, pero, mientras, otros se le introducen por la nariz y por los ojos, unos más por los oídos y otros comienzan a morder su cabeza. Escupe el gusano de su boca y, con sus manos, aparta los demás, pero uno de ellos se ha colado entre sus labios y ahora desciende por su garganta. Da manotazos al aire y mueve bruscamente su cabeza hasta que cae en cuenta que es su cabello y su imaginación. Asustada se recoge sobre sí misma quedando en posición fetal, pero su propio contacto le provoca ansías y la conciencia de esto la asusta. Ahora tiembla. Su mirada, perdida en el armario. Adentro no hay nada que la pueda salvar. Su propio cuerpo se ha vuelto hostil a ella y, mientras tanto, su mente la acribilla con imágenes del pasado y, por si no fuera poco, su consciencia, su tozuda consciencia, a través de esa voz, le recuerda que el tiempo sigue avanzando. Tic tac, tic tac… Son ellos, le dice. ¿Quiénes? No me salgas con que ya los olvidaste. Refugio abre la boca, pero no sale ningún sonido de ella, sólo saliva que le corre por las comisuras de los labios mezclándose con el sudor y las lágrimas en su cuello y en su pecho. Y de pronto se le hace claro. Aún sollozando y moqueando se dice a sí misma: Son ellos… Por qué se los permití… Yo tan sólo… existía, pero ellos… Te pisotearon. Con el dorso de su mano se limpia la nariz y con la otra se seca los ojos. Entonces, ¿Si lo recuerdas o no? ¡Cállate! Su grito produce un leve eco en la habitación. Y ahora quién es la amargada, quién es la loca. No te hagas tonta, tú sabes que todo inició con él, si no hubiera sido por él no habrías… ¡Que te calles! Tú eres la que tiene la culpa, tú eres la que me lo ha estado recordando, tú fuiste la que me incitaste, tú… La voz intenta hablar de nuevo pero es detenida por otro grito. Y ahora tú escúchame, ¡Vete al diablo, bruja! Mantiene la boca abierta. No hay respuesta. Piensa en amenazarla pero desiste, por el momento ha sido suficiente. Se gira y a través de la ventana ve hacia la calle. Vive en el último piso de un edificio de departamentos, la vista hacia abajo se extiende a casas y más casas y, a lo alto, a un cielo negro. |
||
| | siguiente | regresar | | ||