Los blanquillos en el polvo
el chayote acompañado con música de ascensor
me provocan sueño y prefiero ir hacia la cama
o hacia una silla a escuchar el silencio del abismo
donde no hay nada.
Luis Miguel Pérez Arceo
De brochazos a la coladera
Toma la brocha. Comienza a pintar de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. Esa grande pared tendrá que ser terminada tarde o temprano, preferentemente temprano, antes de que finalice el día.
El color naranja cambia de tono conforme se seca y va dando textura a aquella pared extrema, demente, alta.
Es un pintor común y corriente quien trabaja. Mediana estatura, pelo largo; parece indigente, pero tiene una propuesta lúcida para su futura vida. Próximamente ya no estará trabajando de pintor, no trepará escaleras para pintar superficies de gran altura ni tendrá que soportar el olor penetrante del solvente de la pintura.
Parece tener un buen plan y con el efectivo que le será pagado tendrá el presupuesto para hacer la mejor inversión que haya imaginado. No, señor, jamás tendrá que ensuciarse la ropa ni tendrá que mezclar solvente y tinta: adiós a las bardas gigantes e interminables. Será lo mejor que podrá suceder en su vida, sin duda alguna.
Una vez hecha la inversión el dinero comenzará a llegar cada vez en mayores cantidades, con mayor intensidad: un carro nuevo, una hermosa casa, patio trasero, televisiones gigantes, todo el lujo que pueda dejar el éxito del porvenir.
Pero sin salirme tanto del contexto el pintor tiene que terminar la superficie más alta donde él ya no alcanza, arriba de aquel tambo que está boca abajo, tiene que utilizar la escalera, la más alta. Trepa, con cuidado de no derramar pintura del bote que carga. Al llegar hacia arriba, en el último paso, tiene un pequeño incidente. Este trabajador, en un mínimo descuido, resbala y cae en la posición menos adecuada para evitar lesiones: un golpe en la nuca acaba con sus sueños, con su vida, y consecuentemente todo se fue por la coladera, derechito al caño.
Luis Miguel Pérez Arceo
La casa con aire tiene una silla con humedad. Las arrugas causan un llanto cerrado que causa una mirada vacía junto al suéter viejo cubierto de canas.
Yaneth Marcella Huízar Aguilar
El espejo
Está frente al espejo mirándose fijamente, pensando en su vida pasada, viendo su presente lleno de amargura; su gran compañera, la soledad. Mirándose aún, le pregunta:
-¿Qué quieres de mí? Quiero tu juventud, quiero tu belleza, quiero tu alegría; lo que quiero es que no tengas nada.
-¿Y eso por qué? ¿Qué te he hecho yo si siempre he sido tu fiel compañera?
-No me importa, por lo mismo. Si tú tienes a alguien más no me tendrá a mí y sólo te quiero para mí.
-No, yo no te quiero. Mira en lo que me has convertido, en una vieja amargada, gorda, sola y fea.
- Sí, eso tienes al lado mío.
-No, prefiero morir.
(Toma un cuchillo y se lo encaja, ya no era de la soledad, ahora era de la muerte)
Yaneth Marcella Huízar Aguilar