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Solamente estaba sentada, oyendo las olas, sostenía el horizonte con su mirada y el viento le rozaba las orejas. El tiempo se había esfumado y ya el frío no importaba. Después, el tiempo volvía a importar; recorría el largo espacio del camión a su casa. El sol quemaba pero miró a su derecha y encontró una calle donde los carros se perdían, y giró y caminó despacio cuesta arriba la calle, que parecía la invitaba a seguir, deseaba la perdiera como había perdido los carros. Al llegar a la cima, donde los carros volvían a aparecer y la gente también, volteó para atrás y supo que ya nada sería igual.
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El sol es los gritos de la gente entre los camiones y las pantallas y sus pláticas y sonrisas que se vuelven rojo-anaranjado y los cargo en el cuello.
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María musa morusa mima la mano amarilla amada amansada que musical moviéndose modosamente mientras más muerde el módico mes de la moneda morada mexicana amueblada.
Iréri Ceja Cárdenas
Rosa blanca del amanecer, silla que espera, escalera que sube por una caricia, libro abierto, árbol de la esperanza.
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Da dinámicas cada día, desdeña de abandono, adherido al abdomen dañado donde duro duele.
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Pasó lentamente sobre las baldosas húmedas de la calle; en esos momentos solo recordaba aquel instante, cuando su vida le marcaba una cicatriz imborrable en su existencia. No podía hacer gran cosa, sujeta por unos brazos que parecían tenazas de acero, solo cerró sus ojos ante lo inevitable. La lluvia débil, pero incesante, bañaba su rostro y las gotas corrían sobre sus mejillas, como en aquel instante.
No se explicaba lo sucedido, jamás dio motivo para tal agresión; cuando por fin se quedó sola, abrió una libreta azul que siempre llevaba consigo y escribió solo una frase: “Hoy fue un día amargo”.
Algo tenía que hacer al respecto, un ser humano nunca debe ser agredido de tal forma. El individuo sin duda era un delincuente, a quién ni siquiera conocía. ¿Cómo saber quién era?. ¿Cómo es posible que existan seres tan crueles?. Es difícil creer que un hombre no tenga corazón. La lluvia había cesado, el ruido del camón al cruzar la esquina, la volvió a la realidad.
Carlos Villarreal
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La ansiedad de tomar una taza de café es algo gris, como si fuera una fotografía en donde se reflejara una burla. Si tuviera un pañuelo, tendría una desesperación de no poder abrazar a un oso de peluche y muchas veces quisiera tener una cámara de video y unas galletas , para recordar los buenos momentos".
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La luna, las lupas, los López son alegría. Las lozas, lisas y limpias son limas.
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Me encontraba sola en mi cuarto de estudio. Estaba ansiosa y desesperada por el examen que tenía que hacer en la tarde del día de hoy. Para tranquilizarme, bajé las escaleras y me preparé una taza de té. Luego me dirigí a la sala y vi que el periódico estaba deshecho en el suelo, parecía como si alguien lo hubiera destrozado en mil pedazos y empecé a sentir mucho coraje, ése era mi periódico, mi sección favorita, estaba destruída. Ya no quería estar más en la casa, así que no tomé el té. Agarré mi chamarra, mi bolsa y las llaves del auto y al encender el coche, sin saber a donde ir y llevando dentro de mí esa emoción de coraje reprimida, me detuve en un parque; al bajarme del auto, observé a un niño que estaba llorando, el motivo fue que este pequeño se encerró en el coche, estaba desesperado. Me estremecí al escuchar sus gritos, yo no sabía qué hacer, busqué ayuda, pero no había nadie en el parque, el niño seguía gritando y me pedía que lo ayudara. Entonces me calmé; y empecé a recordar que dentro de mi auto, había un tubo, saqué el tubo y rompí la ventana del coche donde estaba el niño. Cargué al pequeño entre mis brazos y el niño no quería que lo soltara. Ya tranquilo, la criatura me dijo que unos tipos trataron de lastimarlo, al final, el niño se fue y se despidió de mí con un beso.
Al retirame del lugar y dirigirme de nuevo a mi casa, comencé a sentirme más serena. Al llegar preparé una taza de chocolate y unas galletas. Luego, empecé a reflexionar sobre lo que había sucedido en el parque y una vez que terminé de recordar aquellos momentos, tomé uno de mis libros para estudiar. Por lo que puedo decir, que nunca, supo nadie de lo ocurrido.
Nelly Raquel Ramos Mimbela.
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