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Pelotas azules bailaban sonando, gritándo; labios, dientes blancos, serpentinas, flores.
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Vuelan vacas vergonzosas, vientos, veranos, bajíos, vereda verde.
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Una tarde como cualquiera, yo estaba mirando la naturaleza y el bello cielo azulado que se respiraba pura tranquilidad, paz, alegría. De pronto, me hablaron por teléfono, me dirigí a contestar, me dieron una mala noticia, entonces mi mente se nubló al saber que mi mejor amigo tuvo un fatal accidente. Se empezó a escuchar un tormento y llantos en mi corazón, me dirigí a la ventana para cerrar; era increíble que el cielo se empezara a nublar, se veía triste y se soltó una lluvia espantosa, como mi corazón lo sentía. Llegué al hospital. Ahí estaban sus familiares llorando un mar de lágrimas y les dije: “lo siento señores”; corrí y les di un abrazo a su mamá y papá y hermanos; me fui a verlo y le dí un fuerte abrazo, le dije “amigo, te quiero mucho, vas a ser un angelito”. Yo me enteré, por otro lado, de la razón del accidente y me quede callado; si le hubiera comentado a sus padres en lo que estaba metido a lo mejor no hubiera pasado, pero el hubiera no existe.
Ismael Barajas Aguirre
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La noche convertida en agua sobre el piso blanco donde tu cabello y su olor, tu mirada y tus labios se sumergieron en el olor de las sábana.
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Sería sonora la sonrisa sobre las sombras centellantes si sursurran las serpientes que sostienes sobre las cimas del sudor que sorprenden a las célibes sirenas sedientas de sus susurros.
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Ahora me encontraba ahí, de pie, cansada. Después de buscar afanosamente el número del domicilio. Sólo con la mirada alcancé a dar los siguientes pasos que me llevarían a aquella casa blanca, con las dos estatuas a la entrada de lo que sería tal vez mi mayor triunfo o mi peor maldición. La calle era tan grande como la esperanza que en mí se encontraba; aunque escondida, si viva y palpitante, más viva que a punto de morir. Me acerqué y con los dedos tan flacos por el hambre que últimamente había sido mi insoportable compañera, toqué el timbre,. Sonó a todo menos a melodía y, entonces, todo se nubló de pronto al ver la delgada y casi invisible figura del hombre con el que muchas veces imaginé poder labrar todas las piezas de mí que aún se encontraban sin tocar siquiera. No me miró, ni saludó, rodeó mi figura y con la maleta en mano alargó sus pasos hacia la calle.
Sofía Juárez Aguilar
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